Tengo el privilegio de haber sido y ser amigo de Alfonso Moreno desde poco después de mi llegada a Madrid, en 1942. Si dudo, en cuanto a la fecha, entre finales de ese año y 1943, lo que es seguro es que quien nos puso en contacto fue Leopoldo Panero. Con él y con Luis Rosales coincidimos muchas veces, en cafés o cantinas del barrio viejo, o del de Argüelles, donde Rosales vivía y poco después iría redactando La casa encendida.
Pero La casa encendida data de 1949. Mucho antes, en 1943, Alfonso Moreno había obtenido el primer Premio Adonais, compartido sin prioridad con el valenciano Vicente Gaos y el originariamente leonés José Suárez Carreño. (Por cierto que en esta primera convocatoria del Adonais hubo un hoy curiosísimo plantel de “menciones honoríficas”, que me complazco en citar, en el orden en que aparecían: Alfredo de los Cobos, Manuel Alonso Alcalde, Carlos Bousoño, Ricardo Juan, Blas de Otero, Remedios García de la Bárcena, Eugenio de Nora, Luis Landínez, Eugenio Frutos, José Javier Aleixandre, José Mª Valverde, Salvador Pérez Valiente, Néstor Luján, José Luis Hidalgo, Pablo Cabañas y Felipe Arjona. Curiosa cala de nombres y edades en un momento decisivo y preciso).
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